Un paseo por la Laurisilva

Si damos un paseo por los numerosos senderos que recorren la laurisilva nos vemos inmersos en un intrincado paisaje en el que la vida bulle en un armonioso conjunto. Lo primero que nos sorprende al adentrarnos en este bosque es el frescor, con frecuencia la niebla y el olor a tierra mojada. En el suelo, la hojarasca oculta una tierra húmeda y fértil, tierra de monte. En los troncos de los árboles, algunos caídos, los líquenes aprovechan la humedad para extenderse como una mullida alfombra. Una verde bóveda cubre nuestras cabezas, a veces tan alta que se nos pierde la vista en las altas copas de los laureles, barbusanos, viñátigos, fayas….una maraña de hojas  brillantes por la humedad que de vez en cuando dejan entrar la luz por los huecos. Ocultos por el follaje, el canario de monte, la curruca capirotada, el herrerillo, el reyezuelo y numerosas especies de aves nos acompañan con sus cantos. Llegamos a un recodo del camino y un claro del bosque nos deja ver la ladera de la montaña tapizada de una espesa masa de distintas tonalidades de verde que una mirada experta sabe atribuir a las distintas especies. Dispersos por las laderas, algunos pequeños caseríos, y allá abajo el mar.

Este es uno de los mayores tesoros de Canarias: la laurisilva, un ecosistema que a finales del Terciario poblaba las zonas alrededor del Mediterráneo y el norte de África y que posteriormente, debido a los cambios climáticos ocurridos (glaciaciones en el norte y períodos áridos que originaron la barrera de desiertos del Norte de África), quedó reducida a los archipiélagos de Azores, Madeira y las islas centro-occidentales de Canarias, en los que se dan las condiciones climáticas necesarias para su supervivencia gracias a la influencia oceánica, al elevado grado de humedad y a que las temperaturas no experimentan cambios bruscos. Este aislamiento geográfico, que limita en gran medida el cruce con elementos del continente, unido a la complicada orografía de las islas con gran altitud, ha dado lugar a la existencia de numerosas especies únicas en el mundo, siendo Canarias la cuarta región natural del mundo en cuanto a endemismos florísticos, con unas 600 especies.

Pero la importancia de la laurisilva no se limita a su antigüedad o a la variedad de la fauna y flora que alberga; todo en ella es aprovechable: las propias especies -muchas de ellas medicinales-, el suelo, fértil y muy bueno para la agricultura, y sobre todo el agua. Así, en un territorio donde el agua es un bien escaso, este ecosistema presta un servicio inestimable al funcionar como un auténtico captador del agua de la lluvia y de la niebla -producida por los vientos alisios-, agua que después se infiltra en el suelo y puede ser extraída por el hombre por medio de pozos y galerías. De hecho, el excesivo aprovechamiento que se hizo de ella en el pasado -necesario para la supervivencia- hizo que desaparecieran miles de hectáreas. No obstante, gracias a las políticas de conservación que se llevan a cabo desde el último cuarto del siglo XX, hoy día se puede decir que la laurisilva se está recuperando. En Tenerife quedan algo más de 4000 hectáreas.

Para conocer la laurisilva en Tenerife, lo mejor es ir a uno de los dos Parques Rurales: el Parque Rural de Anaga, en el Noreste de la isla, y el Parque Rural de Teno, en el Noroeste. Ambos son Parques Rurales, denominados así porque en ellos se compagina la conservación del medio natural con las actividades rurales, ofreciendo además un enorme interés paisajístico y un gran valor cultural.

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