El “oro rojo” de Canarias: la cochinilla.

Hubo un tiempo en el que un pequeño insecto fue sustento de muchas familias canarias, convirtiéndose durante la segunda mitad del siglo XIX en el principal producto de exportación en Canarias. La grana o cochinilla es un parásito de la tunera (también conocida como penca, chumbera, nopal o tuna) del que se obtiene un colorante rojo de gran calidad.

“Recogida la cochinilla de las pencas en los momentos en que comienza a desovar, ahogada por el sol o en hornos preparados al efecto, y completamente seca, se expide para Marsella o para Londres, en donde va a ser objeto de aplicaciones fabriles, y a producir ese hermosísimo color, que se conoce con el nombre de carmín”. Benigno Carballo Wangüemert, economista e intelectual de origen palmero.

Tras las guerras napoleónicas, con la consiguiente reapertura de los puertos continentales europeos a la navegación británica, el Archipiélago se vio inmerso en una profunda crisis económica, fruto de la menor demanda de vinos para la exportación. El cultivo de la vid y la exportación de los valorados vinos de malvasía habían sido, durante los dos últimos siglos, el principal motor económico de las Islas. Corría el primer tercio del siglo XIX y Canarias se adentraba en una dura etapa, en la que muchos se verían obligados a emigrar a América en busca de mejor fortuna. Fue entonces providencial la aparición de la cochinilla, favorecida por el auge de la industria textil en Europa. El Archipiélago ofrecía las condiciones idóneas para su cría y desarrollo: el clima suave, la escasez de lluvias y tormentas, el calor abundante y los terrenos fértiles y poco profundos. A pesar del inicial recelo de los agricultores locales, muy pronto quedó demostrado que la cría de la cochinilla suponía una actividad rentable, encontrando en Inglaterra una vez más su principal mercado. Francia, Marruecos o Estados Unidos fueron también relevantes importadores de grana. “Progresivamente se ha ido aumentando ese cultivo, y es llegado el presente año de 1846, en que un movimiento general, como si fuera un golpe eléctrico, ha puesto en acción a todos los propietarios y labradores, que hasta ahora habían permanecido como pacíficos espectadores, que ya no queda rincón alguno en las islas en donde no se ensaye el cultivo de la grana”. Manuel de Ossuna Saviñón en su ensayo “Anotaciones sobre el cultivo del nopal y la cría de la cochinilla en las Canarias”, publicado en 1846.

Sin embargo, la aparición de los tintes sintéticos acabó drásticamente con el efímero esplendor de la cochinilla en las Islas. Alrededor del último cuarto de siglo la demanda empezó a decaer, al no poder competir en precios con los nuevos métodos de coloración, pasando pronto a convertirse en una actividad mucho menos rentable. A pesar de todo, se mantuvo en muchas zonas del archipiélago, jugando un papel dinamizador en la economía local, con especial relevancia en Lanzarote, Gran Canaria y La Palma. Hoy, la huella que dejó la cría de la cochinilla sigue patente en el paisaje, recordando un tiempo en el que un pequeño insecto se convirtió en el “oro rojo” de Canarias.

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